Carne y alma, por anónimo.
I. El Desafío al Instinto
Abomino la lascivia; esa pulsión deleznable que pretende encadenar la voluntad al barro de lo efímero. Me resulta sobrecogedora la celeridad con la que el espíritu, en un acto de resiliencia casi onírica, puede desprenderse de tales ataduras. Existe una libertad acendrada en el silencio de los sentidos, un nadir donde el deseo calla y la razón emana su luz más pura.
II. La Hostilidad del Entorno
No obstante, el orbe se erige como un obstáculo pertinaz. La sociedad, sumida en un paroxismo de estímulos causticos, busca reintegrarme a su ciclo atávico de consumo y carne. Es una lucha sempiterna: mientras yo persigo la ataraxia, el mundo me ofrece vituperio y tentación, intentando convertir mi sobriedad en un anacronismo oprobioso
III. El Espejo de la Vanidad
Abomino las actitudes vanas, esa futilidad que adorna el vacío de las almas corrientes. Sin embargo, me asalta una duda acerba: ¿Es este desprecio una crítica objetiva a la idiosincrasia ajena, o es acaso una proyección de mi propio narcisismo vulnerable? Temo que mi altivez no sea sino un mecanismo de defensa contra mi propia fragilidad. Me debato en una dicotomía constante: ¿Debo mimetizarme con el rebaño, ocultando mi ser bajo una máscara de estolidez, o debo revelar la vastedad de mi alma, aun a riesgo de sufrir el ostracismo?
IV. La Biología como Cárcel
Me resulta repugnante observar cómo la voluntad se reduce a la atávica necesidad de la reproducción. Ver a hombres y mujeres sucumbir al paroxismo del apareamiento ...
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